Educación Emocional

Mucho se ha hablado durante los últimos años de introducir  la “educación emocional” en las aulas. En Canarias, incluso, desde 2014 se ha introducido como contenido en una asignatura propia en la primera etapa de primaria, llamada “Educación para la Inteligencia Emocional y la Creatividad” o “Emocrea”, como la conocen la mayoría de los profesores. Desde ese año, una de mis labores profesionales ha consistido en formar al profesorado que debe impartir la asignatura, ya que desde que se implantó, pocos son los profesores con los conocimientos necesarios para llevar al aula este tipo de educación. Todo lo que cuento a partir de ahora se basa en mi propia experiencia durante los últimos años. Pretendo hacer un breve diagnóstico de la situación y aclarar algunos conceptos que, como he observado, permanecen en la oscuridad respecto a este apasionante campo.

¿Qué es la Inteligencia Emocional?

También podría decir qué no es la Inteligencia Emocional, para simplificar, pero vamos por partes. Empecemos por el principio. Todos conocemos el origen del término para el público en general, que se hizo famoso con el libro de Daniel Goleman con el mismo nombre, allá por los años 90. En su libro, Goleman hablaba de un tipo de inteligencia que era capaz de predecir con mucha mayor exactitud el nivel de éxito personal y profesional de una persona que el tradicional Coeficiente Intelectual. Pero el término procede originalmente de los estudios de Salovey y Mayer durante la década de los ochenta. Goleman, que no era investigador, hizo un refrito y publicó un bestseller lleno de aseveraciones arriesgadas y poco fundamentadas, pero hay que agradecerle profundamente que fuera capaz de lanzar el concepto al mundo, de forma que ilusionó a todos aquellos (entre los que me incluyo) que pensábamos que las emociones no eran un mero pie de página en la conducta humana, algo que debíamos simplemente aprender a poner a un lado para tomar decisiones juiciosas. Resulta que Goleman describe algo muy interesante: Las emociones son el fundamento de la conducta humana, y que hay personas que las manejan de forma mucho más eficaz que otras, lo que les lleva a tener vidas más plenas, perseverar para conseguir sus logros, y mantener relaciones con los demás más satisfactorias. Si lo piensas bien, todo nuestro mundo y nuestro pensamiento se encuentra impregnado por los afectos, que son los que nos hacen tomar las decisiones que tomamos, sentir que somos felices o infelices, escuchar un tipo de música u otro, elegir una carrera profesional (muchos la eligen por miedo, buscando lo que consideran más seguro, mientras que otros siguen sus pasiones, aquello que les produce satisfacción o alegría). La palabra emoción proviene del griego, y su significado puede ser algo así como “moverse hacia”. Y, si nos detenemos a contemplarlo por un momento, ¿qué haríamos si las emociones no estuvieran presentes? ¿Tendría algo sentido? ¿Nos moveríamos hacia algún sitio?

Las emociones son algo así como el motor que nos impulsa, ya sea a acercarnos a algo, ya sea para alejarnos o enfrentarnos a un peligro o una amenaza. Además, contienen algo de automático, pues son patrones de respuesta estereotipados, que compartimos con la mayoría de animales. Nos ayudan a sobrevivir cuando no existe demasiado tiempo para pensar en alternativas. Piensa en la última vez que tuviste miedo intenso. Seguro que no necesitaste demasiado tiempo para evaluar la situación, sino que el miedo apareció casi por arte de magia, sin que decidieras nada. Notaste algo en tu cuerpo que relacionaste con un estímulo amenazante (quizá real o en tu pensamiento), y el miedo tomó el control de tu cuerpo. Tus músculos se tensaron, tu corazón latió con fuerza y un sudor frío recorrió tu piel. Te puedo asegurar que, en ese momento, eras incapaz de pensar en nada ni atender a nada que no estuviera relacionado con lo que estaba ocurriendo, pues tu atención también se encontraba secuestrada. Lo más normal es que realizaras una conducta de huida, o te quedaras paralizado, o que emitieras un ruido que permitió a los demás saber que estás en peligro. Tus ojos se abrieron de par en par, para obtener toda la información posible sobre la situación. O puede que tu conducta fuera de protección, cerrar los ojos y cubrirte la mayor parte del cuerpo con los brazos, tratando de proteger tus órganos internos y tu cabeza. Y, como sin duda habrás experimentado alguna vez, todo eso ocurrió sin que decidieras actuar de esa forma. El miedo decidió por ti y asumió el control para protegerte. El miedo está bien, siempre que se tenga en su justa medida y a peligros objetivos. Sin embargo, la prodigiosa combinación de un cerebro con emociones propias de animales y una corteza capaz de imaginar, narrar historias, generar posibles escenarios futuros y demás, es un cóctel explosivo. Muchos de nosotros tenemos miedos exagerados a las más diversas cosas, desde una cucaracha inofensiva hasta a temer una enfermedad incurable a pesar de las pruebas médicas negativas.

¿Qué problemas y reacciones he encontrado en las escuelas y centros de secundaria a los que acudo habitualmente? Veamos un pequeño resumen.

1.“Hola, no tengo ni idea de esto de las emociones”.

La mayoría de nosotros, no hemos recibido formación alguna en el campo emocional a lo largo de nuestra vida. Se supone que es algo que cada uno debe ir aprendiendo con el paso del tiempo de forma íntima. Pero te puedo asegurar que si acudes a un colegio y le preguntas a los profesores qué es una emoción, el 99,99 por ciento de ellos no tendrán respuesta alguna que darte. La mayoría de los profesores (normal, porque nadie les ha formado) desconocen qué es una emoción, para qué sirve, cuánto dura, qué la dispara, cuáles son sus componentes, cómo se desarrollan evolutivamente, qué competencias emocionales deben adquirir sus alumnos (¿¿¿competencias emocionales???¿¿¿en serio???), qué métodos de regulación emocional tenemos a nuestra disposición, que correlatos fisiológicos tiene cada una de ellas, el vocabulario necesario para hablar de emociones y un larguísimo etcétera de conceptos básicos sobre el tema. Y preguntan cómo trabajar las emociones en clase. Cuando me hacen esta pregunta, pienso en un profesor que quiere enseñar a sus alumnos a escribir una novela pero no conoce el alfabeto, ni lo que es una trama, ni lo que es un escenario, una descripción, un diálogo y, por supuesto !Nunca se ha leído un libro!!! Así que el trabajo de mi equipo empieza por hacer algo así como una alfabetización emocional. Por suerte, es un trabajo relativamente rápido, todos conocemos las emociones de forma subjetiva pues las experimentamos a cada momento en nuestro día a día. Se convierte en una experiencia muy gratificante observar cómo los profes aprenden rápidamente los conceptos y los relacionan con su vida cotidiana, incluso enlazándolos con aquellas cosas que ocurren en el aula, dándole otra perspectiva a la conducta de sus alumnos.

  1. “Esto de las emociones es una moda y una tontería, en mi época no estudiábamos las emociones y mira” dice un profesor mientras señala a su alrededor (yo, pacientemente, miro donde me indica).

Cuando intentamos introducir algo nuevo en las aulas, digamos una innovación ya sea en el contenido, la metodología o el enfoque de la enseñanza, inevitablemente surgen resistencias en una parte del profesorado. Muchos no le ven la aplicación útil, o los posibles beneficios que puede conllevar en su quehacer diario en el aula frente a los costes en tiempo, dedicación y aprendizaje. Muchas veces se sienten solos frente a la innovación, sin nadie que les apoye o les guíe en el proceso de implantación de la innovación, o creen que el nuevo contenido no va a beneficiar a sus alumnos. La educación emocional no es una excepción en este escenario. Muchos profesores expresan sus reticencias con los argumentos nombrados anteriormente. Estas resistencias son las responsables de que, en muchos centros, la instauración de la educación emocional no se haya llevado a la práctica adecuadamente. Da igual lo que intente la dirección del centro (aunque su apoyo es decisivo): si los profesores no encuentran el sentido a lo que hacen, no lo harán. Y si lo hacen, no lo harán bien. Necesitamos, por tanto, un trabajo previo de sensibilización del profesorado, en forma de pequeñas charlas, introducción gradual de actividades, etc. que promueva el interés del claustro y la visibilización de los logros. Es igualmente importante la identificación de individuos clave en el proceso: aquellos profesores especialmente implicados que comiencen la aplicación con sus alumnos y sean capaces de transmitir sus experiencias positivas al resto del profesorado. Durante nuestras formaciones, mi equipo da especial importancia a este capítulo de romper resistencias, sensibilizar, visualizar resultados e identificar individuos clave.

  1. “Sé todo lo que se tiene que saber de Educación Emocional, pero soy un cenutrio manejando mis emociones y las de los demás”.

La mayoría de los programas de formación y entrenamiento en Educación Emocional para el profesorado, comienzan por el final: la aplicación en el aula. En la red hay cantidad de artículos sobre cómo aplicar la educación emocional en el aula, materiales para descargar o comprar, etc. Sin embargo, se olvidan de algo de veras importante: La Inteligencia Emocional del profesorado. Los estudios nos dicen que un profesor con un nivel de Inteligencia Emocional adecuado es mucho más capaz de transmitir sus conocimientos y mejorar las competencias emocionales de un alumno que otro que posea un grado de IE bajo. Esto parece de perogrullo, pero los programas de formación rara vez tienen en cuenta esta evidencia. Durante nuestras formaciones, mi equipo se ha dado cuenta de que es necesario comenzar por trabajar la IE del profesorado antes de comenzar a aplicar los programas en el aula. De esta forma, los profesores incrementan sus competencias emocionales, viven en carne propia los ejercicios que después realizarán en clase con los alumnos y esto se traduce en un nivel de aprendizaje mucho más significativo. Cuando surjan dudas o problemas en el aula serán capaces de manejarlos adecuadamente porque han pasado por un proceso en el que ellos mismos han sido los que dudaban o tenían problemas.

  1. “Esto de trabajar las emociones está muy bien, pero no sé qué demonios evaluar”.

La evaluación es muy importante en cualquier proceso de aprendizaje. Nos proporciona información, no sólo de en qué momento se encuentra el alumno, sino también del propio proceso de enseñanza-aprendizaje, de nuestra labor como docentes y de la conveniencia o no de los materiales utilizados. Sin embargo, la mayoría del profesorado desconoce los aspectos a evaluar y los instrumentos de medida que nos permiten conocer la evolución de los alumnos en el campo emocional. Ocurre también que les parece un tema “etéreo” y que es imposible evaluar. Es por eso que es vital proporcionar información al respecto e introducir la “evaluación emocional” en nuestro método de trabajo, lo que nos hará sentirnos más seguros y comprender qué está funcionando y qué no, además de poder personalizar la enseñanza dependiendo de las necesidades de cada alumno.

  1. “Yo trabajo las emociones a mi manera, hice un curso de reiki, otro de Gestalt y otro de meditación y lo aplico en clase”.

Muchas veces nos encontramos con profesores altamente motivados en el tema, que han trabajado por su cuenta y en su vida diaria aspectos relacionados de alguna forma con las emociones. Sin embargo, igual que no ejercemos de médicos porque hayamos hecho un curso de medicina tradicional china (espero), el llevar al aula nuestra propia visión distorsionada sobre la educación emocional puede resultar confuso y, a veces, peligroso. La Educación Emocional se basa en el concepto de Inteligencia Emocional y en el trabajo de las competencias emocionales, que poseen un amplio background científico, con estudios rigurosos (queda mucho, sin embargo, por hacer). No se trata simplemente de aplicar ciertas técnicas que nos suenan “emotivas”, o hacer que los alumnos nos hablen de sus sentimientos o se relajen. Sin un conocimiento más o menos amplio del tema a tratar y una teoría sólida que nos avale, inevitablemente nos perderemos y no sabremos qué es lo que estamos haciendo exactamente, con los riesgos que ello conlleva.

  1. “Enséñame esto de las emociones en este curso de tres horas, que mañana quiero empezar a aplicarlo porque mi clase es un desastre”.

También podríamos decir: “dame la receta de Ferrá Adriá que te hago ese mismo plato para cenar hoy”. Vivimos en una época fascinante y extraña. Si algo nos caracteriza es la impaciencia y el deseo de encontrar “recetas mágicas” que resuelvan todos nuestros problemas, que no requieran mucho esfuerzo y que comiencen a hacer efecto ya. En este mundo de las emociones existen muchos gurús que se dedican a decirte lo que quieres oír, subir tus expectativas hasta el cielo y marcharse con tu dinero dejando una nube de humo (justo lo que estaban vendiendo: humo). El cambio es un proceso, no un suceso, y ocurre porque se invierte esfuerzo y energía, con los guías adecuados y un trabajo constante durante un período de tiempo suficiente. Yo mismo comencé dando cursos de Educación Emocional de tres horas en colegios, que tenían un mínimo impacto a largo plazo (salvo que existieran individuos muy motivados que proseguían su formación de manera privada). Ya lo abandoné. En la actualidad, mi equipo y yo damos esas mini sesiones de forma gratuita, para que supongan una introducción en un mundo inmenso, que requiere de formaciones mucho más amplias y trabajo práctico guiado que realizamos en aquellos centros que de verdad deciden invertir en esto. Una inversión que, en mi opinión y en la de aquellos que se forman de verdad, no puede merecer más la pena.

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