La Ciencia de la Felicidad, la industria de la felicidad y los pazguatos

Estoy leyendo a Dan Gilbert y su estupendo libro Tropezar con la Felicidad (Ariel). Desde hace unos años me ha intrigado e interesado mucho la llamada Ciencia de la Felicidad, enmarcada en el nacimiento de la Psicología Positiva, ambas estadounidenses en su origen, aunque de gran expansión a nivel mundial. La Ciencia de la Felicidad pretende extraer conclusiones científicas sobre varios aspectos: qué significa ser feliz, cómo podemos medir la felicidad y, sobre todo, qué aspectos nos hacen más felices. Si nos paramos a pensar, no parecen preguntas muy nuevas. La humanidad lleva milenios preguntándose lo mismo de muy distintas formas. La filosofía griega, en su nacimiento, pretende responder más o menos a preguntas similares, aunque ellos lo llamaran eudamonia, algo así como una vida que merece la pena ser vivida. La respuesta a esta pregunta variaba dependiendo si eras estoico, epicúreo, cínico o lo que fuera. Nuestro amigo Diógenes dicen que vivía en un tonel y hacía sus necesidades en medio de la calle (de ahí el nombre de su escuela: Cínica, que proviene de la palabra perro) con la intención de hacer ver a los demás que no se necesitaba gran cosa para ser feliz (el pobre, tras tanto esfuerzo, ha pasado al imaginario común dando nombre a un síndrome consistente en acumular basura). Después la filosofía se puso a preguntarse por la naturaleza de la realidad y esas cosas y se volvió bastante confusa de seguir para el común de los mortales que no disponía del tiempo necesario para pasarse el día paseando y pensando en nombres complicados con que llenar libros.Otras culturas y pensamientos, como el budismo o el taoísmo también trataron de explicar lo que significaba una “vida buena” y nos han legado doctrinas de pensamiento y comportamiento absolutamente actuales en muchos de sus planteamientos. La diferencia con la Ciencia de la Felicidad es que esta pretende aplicar el método científico para llegar a conclusiones objetivas.

DE TODITO....UN POQUITO: 2012.06
Diógenes y sus amigos

Pero me estoy enrollando. En los últimos años, gran número de sesudos pensadores e intelectuales de toda índole y nacionalidad han puesto el grito en el cielo ante lo que llaman “la obsesión por la felicidad”, el nacimiento de una “industria de la felicidad” que lo único que hace es hacernos sentir desgraciados por no ser felices. Muy bien. Te voy a dar una noticia al respecto: llevas obsesionado con la felicidad desde que naciste. Todos lo estamos. Cada decisión que tomas (sí, incluso cuando te compraste esos pantalones pitillo) es, de forma inconsciente, una búsqueda de aumentar tu felicidad. El trabajo que eliges, tus vacaciones, el móvil que te compras, ese mensaje absurdo que escribes a las dos de la mañana después de haberte bebido el agua de los floreros, ir al gimnasio, etc. son decisiones que tomas con la promesa implícita de que te llevarán a un estado de mayor felicidad. Hasta el momento, salvo la presencia de trastornos graves, no existe ser humano que prefiera aumentar su infelicidad de manera consciente (hasta los intelectuales de los que hablaba antes). Incluso esas decisiones que parecen aumentar tu infelicidad (como no comerte esa tarta que tan buena pinta tiene), se toman pensando en un beneficio mayor en el futuro que, crees, aumentará tu felicidad (estar más delgado). Las empresas que quieren venderte cosas (todas las empresas, vamos) lo saben bien, así que utilizan la promesa de una vida mejor para venderte sus productos (hasta ahora no sabemos de qué manera aumenta tu felicidad comprarte un perro de porcelana para ponerlo en el pasillo, pero seguimos investigando). El problema no es que las personas busquen constantemente, como ocurre de facto, la felicidad en sus vidas. El problema es que no tenemos ni repanocha idea de qué es lo que nos hace felices. Somos malísimos haciendo predicciones sobre de qué forma una acción, decisión o circunstancia nos hará felices o infelices, cuánto de felices y por cuánto tiempo. Por ejemplo, estarás de acuerdo conmigo en que si mañana te ganas la lotería serás increíblemente feliz el resto de tus días, tomando daikiris en una isla del pacífico mientras te tocas los genitales con insospechada gracia y suavidad. Pues no. La gente a la que le toca la lotería experimenta un aumento de su felicidad (menor del que piensas) durante un breve período de tiempo, volviendo a sus niveles anteriores (muchas veces incluso más bajos) a que su número saliera en el bombo. Imagina que te doy mil euros (así de chachi soy) y te digo que te los gastes en algo que te encante. ¿Te haría feliz, verdad?¿Y si te digo que te haría mucho más feliz y durante más tiempo si te obligara a gastarte esos mil eurazos en regalos para tus seres queridos? ¿incluso para gente que no conoces? No puede ser, me dirías. Pues sí. Te lo digo. Demostrado en cientos de réplicas de un experimento.

Con la infelicidad ocurre lo mismo. Sobreestimamos continuamente el impacto que tienen hechos negativos que proyectamos en el futuro, como romper una relación, padecer una enfermedad y cosas por el estilo. La ciencia de la felicidad pretende conocer qué cosas aumentan nuestra felicidad de forma consistente, si es que fuera posible. Lo hace con datos objetivos, y se enfrenta a continuas dificultades desde el principio, como definir correctamente qué significa felicidad, o determinar incluso si esta se puede medir más allá de la experiencia subjetiva de cada uno. No me parece un mal trabajo. Sigan con ello, por favor.

En cuanto a los sesudos que se muestran en contra de la búsqueda de la felicidad como objetivo científico diré unas palabras sobre ellos: me recuerdan mucho a los cuñados que se les dice que beber alcohol o fumar es malo, y te dicen que eso es una tontería, que nos vamos a morir igual y que mejor fumar y beber y nosequé (siempre sale el abuelo de alguien que vivió hasta los cien años fumando y bebiendo. Puede que incluso siga vivo y se haya convertido en inmortal, o ha muerto y ascendido al Valhalla, en el reino de Asgard, y brinda con Odín en los cráneos de  sus enemigos vencidos mientras fuma Winston).

abuelo de heidi
El abuelo de Heidi seguro que fumaba ducados y tomaba güisqui y mira como triscaba por los montes. Feliz, lo que se dice feliz, hasta que llegó Heidi, no parecía.

Es como estar en contra de la búsqueda de la salud. ¿Se puede estar en contra de que la gente estudie cómo estar más sano y prevenir la enfermedad? Por supuesto. Cada uno es libre de adoptar posturas en su vida (cucú). Lo que está claro es que obsesionarse con la salud tampoco es una buena postura, ni recurrir a gurús que supuestamente sanan con engañifas para sacarte el dinero. Pero saber que comer bien, hacer ejercicio y tener relaciones interpersonales ricas nos hacen prevenir algunas enfermedades está muy bien a la hora de planificar tu vida. Lo mismo puede ocurrir con la felicidad. Es hora de aplicar la ciencia a su estudio y aplicar las conclusiones en nuestro día a día. No disparen al pianista, por favor. Feliz día.

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